domingo, 17 de agosto de 2008

Baztán

“Es menos doloroso escribir que guardar”. En alguna ocasión, refiriéndome a mi admirado, ya desaparecido, Eduardo Haro Tecglen, hice mención a ese entrecomillado. Se trataba de una afirmación genérica, sobre el hábito de escribir, que daba respuesta a la pregunta de un periodista cuando, en abril de 1996, Eduardo, presentaba su libro “El niño republicano”.
Me apoyo en la reflexión anterior, para intentar dar forma, por escrito, a un viaje familiar, llevado a cabo entre finales de julio y principios de agosto últimos. Y busco este apoyo ya que no siempre tiene uno el ánimo a disposición de la creatividad, no siempre dispone uno del sosiego necesario para poner en práctica tan valiosa herramienta, no siempre la armonía externa deja el margen preciso.
Si hoy me siento ante el folio en blanco a describir las sensaciones y vivencias de ese reconfortante viaje, lo hago porque, a pesar de todo, me apetece; lo hago, pensando en mi familia; pero además, en agradecimiento a una persona que tuvo el gusto de pedirme, antes de realizar el viaje, en un par de ocasiones, que lo relatase, y lo hizo después de que en años anteriores leyese aquello que escribí sobre otros viajes realizados.
La comarca del Baztan, al norte de Navarra, ha sido nuestro destino. Un bonito caserío, ubicado entre ondulados montes verdes, en un pequeño pueblo de nombre Azpilkueta, nos alojó durante una semana. Desde allí, realizamos varios recorridos en los que, a diferencia de otras ocasiones, las rutas a pie no fueron las protagonistas, aunque también las llevamos a cabo. Antes de alojarnos en el caserío, desde un camping, donde pasamos dos noches, cercano a Sumbilla, uno de los preciosos pueblos que conforman esta bella comarca, intentamos ascender al monte Mendaur (destacado, con sus 1131m., en la zona), nuestro intento fue en vano: el día era especialmente caluroso, muy lejos de la tónica general, de la que disfrutamos el resto del tiempo, de agradables temperaturas y periódicas lluvias, chirimiris y nieblas cargadas de humedad; la opinión de un paisano, que cuidaba sus vacas, quien, amablemente, nos aconsejó posponer la citada ascensión, ofreciéndonos a cambio una alternativa más suave que nos llevaría a la linde Oeste del Señorío de Bértiz (espacio protegido, bosque autóctono, con predominio del haya), nos hizo reconducir nuestros pasos hacia esa otra ruta más acorde con el rigor climático, e igual de interesante desde las perspectivas botánica y faunística que tan en cuenta solemos tener, amén de la puramente paisajística.
En otra ruta a pie, partiendo del caserío, nos internamos en un bosque de robles y hayas, salpicado de majuelos, cercados por zarzas u otras rosaceas, y cubiertos, en su base, de densos mantos de helechos. Delicioso paseo que nos llevó a Arizkun, durante el cual, milanos, buitres y garzas reales, entre la variada fauna ornitológica, nos iban saliendo al paso para nuestro deleite. En Arizkun, como después en Azpilkueta, hicimos nuestros pinitos con el frontón a mano. Es bien conocida la existencia, en los pueblos de Euskalherría, de elegantes frontones, casi siempre adosados a la iglesia del pueblo.
Pero, como comentaba al principio, este ha sido un viaje donde los vehículos han tenido bastante protagonismo. La primera gran salida, con este medio de transporte, la hicimos dirigiéndonos hacia San Juan de Luz, ciudad costera, ubicada en el País Vasco francés. Tras dejarnos llevar por su paseo marítimo, en un día cubierto, y contemplar la inmensidad de su playa, acabada allí donde un prominente acantilado adquiría las formas atlánticas, nos dirigimos hacia Hendaya. En Hendaya, hubo quien tomó un baño en sus aguas marinas; antes de partir hacia Irún, sobre la marcha, la curiosidad nos hizo volver la cabeza y dejar una impronta gráfica, de un lugar de tétrica significación histórica, un lugar donde el fascismo representó una de sus farsas históricas, allí donde dos energúmenos, de infausto recuerdo, estrecharon sus pestilentes manos.
Irún nos recibía a primera hora de la tarde, ofreciéndonos la visita a una claustrofóbica zona húmeda, asediada por todo tipo de infraestructuras a su alrededor. Aún así, se trataba de un espacio protegido, con varias charcas de agua dulce, morada de un buen número de aves acuáticas adaptadas a esa claustrofóbica existencia. A tiro de piedra, Hondarribia, sería la siguiente parada de nuestro devenir norteño. Después, San Sebastián, elegante como ninguna, ocuparía el resto de la tarde: su casco viejo, la Concha, el Boulevard, para terminar en el Kursaal contemplando una interesante exposición de pintura y fotografía de artistas sudamericanos.
En jornadas posteriores, volvimos a Francia por dos ocasiones. Una de ellas nos llevaría a Tournay, pueblo próximo a Tarbes, en las inmediaciones de los Pirineos, a la altura de Huesca. Visitar a nuestra amiga Marina fue la excusa perfecta para realizar tan largo desplazamiento, unos doscientos y pico kilómetros; mereció la pena, nuevos lugares para captar nuevas sensaciones, para dejar paso a nuevas ideas y modos de ver la vida. Marina, desde hace unos días, anda por Perú, en Lima, dispuesta a indagar sobre importantes aspectos teatrales precolombinos de las comunidades indígenas.
En las inmediaciones de esta rica y hermosa comarca, existen otros lugares, otras localidades, igualmente bellas y cargadas de historia. Es el caso de Vera de Bidasoa, pueblo cuya historia está jalonada de diversas incursiones militares que, a pesar del sufrimiento de sus moradores, la han catapultado a nuestros días como una bellísima población, atravesada por el Bidasoa, y que cuenta, entre sus vecinos con los descendientes de Pío Baroja y Julio Caro Baroja, cuya hermosa casa tuvimos ocasión de contemplar, e imaginar cómo debieron ser los años de creación literaria, por parte del primero, e investigación antropológica por el segundo. Por otro lado, a la tarde de ese día, en que visitamos Vera de Bidasoa, acudimos a la cueva de Zugarramurdi, formación kársticas, en la cual, además de la historia geológica, la historia humana ha dejado huellas indelebles. La brujería, durante el siglo XVII, se adueñó de calenturientas mentes, obrando rituales y, lo que es peor, comportamientos de rencor y desprecio que constituyeron la base de masivas detenciones y quemas en la hoguera; en muchos casos, con las únicas pruebas que otorgan la envidia acompañada de la difamación insidiosa que los administradores inquisidores de la época dieron por buenas para ejecuciones masivas de ciudadanos. Pero además, hornos de cal, construidos en el siglo XVIII, empleados para conseguir cal, que se utilizaba en agricultura neutralizando suelos ácidos, y que sacó del apuro a sus pobladores durante épocas de hambruna; por último, las rutas del contrabando, que por estar Zugarramurdi muy próximo a la frontera, constituía una estación de paso para los contrabandistas de diferentes épocas. Brujería, hornos de cal y contrabando, fundamentos de la visita a la cueva de Zugarramurdi, así como el entorno que la rodea, por constituir los lugares donde se desarrollaron los citados hechos históricos.
El pueblo de Elizondo, es a la sazón la capital de la comarca de Baztan. En la primera visita que hicimos a Elizondo, tuvimos el privilegio de contemplar sus bellas calles y las fiestas locales que estaban celebrándose. Cinco días después, una competición de deportes vascos de raíz, así como una muestra artesanal (lana, madera, forja) ocuparon la tarde del sábado 2 de agosto, cuya mañana se destinó a actividades variadas, incluido un partido de frontón en Azpilkueta, culminada con una barbacoa en honor de las Ángeles que nos acompañaban (María Ángeles y Gelen).
Al día siguiente, domingo 3 de agosto, un destino previsto e innegociable, nos estaba esperando: La Selva de Irati, donde hayas, abetos, robles (en menor medida), entre otros grandes y bellos árboles, y todo un elenco arbustivo, como el boj, el acebo, el espino, el avellano o el enebro; así como helechos, líquenes y musgos, dan forma a una de las más bellas masas forestales de la Península Ibérica, cuyo climax de belleza se alcanza en otoño cuando la variación cromática se derrama en toda su extensión, pero ese habría de ser motivo de otro viaje que, de momento, no parece sea posible para el otoño que se avecina.
Y, por último, a la vuelta de Irati, hicimos parada allí donde, durante siglos, la han hecho miles de peregrinos que año tras año, desde toda Europa, acuden a Santiago de Compostela. Lugar de una importante significación religiosa que, no obstante, atesora un momento histórico curioso, aunque muy cruel, en el marco de la conocida como Batalla de Roncesvalles, el 15 de agosto del año 778, con insignes referentes humanos, Carlomagno y su sobrino Roldán, de la que, aún hoy, los historiadores, siguen dando vueltas a las causas que la ocasionaron, e incluso, según qué fuentes, se citan dos fechas con dos batallas distintas. Lo cierto es que, en esa fecha, miles de soldados de Carlomagno, que volvían a Francia tras acudir a una llamada del Gobernador árabe de Zaragoza, murieron aquel día, incluido su propio sobrino, estando la teoría más aceptada próxima a adjudicar la autoría a vascones conocedores del medio abrupto en que se ubica el desfiladero de Roncesvalles, quienes causaran tan enorme y cruel emboscada.
Mientras recorríamos los edificios que dan forma a Roncesvalles, acompañados de un guía, informándonos de los aspectos históricos de este lugar, tuvimos ocasión de contemplar en vuelo a dos rapaces que, dejando en suspenso su confirmación, podrían tratarse de dos quebrantahuesos, lo cual, permítaseme, para uno, y para sus acompañantes, fue todo un lujazo.
Antes de terminar, no quisiera dejar pasar por alto, la ocasión de mencionar a un matrimonio, ambos jubilados, que no inactivos, los cuales, fueron las primeras personas con las que tuvimos la fortuna de hablar nada más llegar a Azpilkueta. Además de su sencillez, de su amabilidad, de que nos contasen, en cuestión de minutos, su larga y prolífica vida, como vaqueros en América del Norte y en los Alpes, quisiera destacar el comentario que la mujer nos hiciese sobre su lengua materna, el euskera. Nos decía la señora que, cuando niña, aprendió el euskera mucho antes que el castellano, lo cual, para algunas personas de Pamplona u otros grandes pueblos o ciudades, era sinónimo de idiotez, les llamaban tontos. Pues bien, aquellas mismas personas, al pasar los años, con los nuevos tiempos, se convertirían en adalides del euskera, abanderados de una causa en la que, cuando había que creer, no creyeron.
Ha sido un placer llevar a cabo este pequeño esfuerzo de recuperar lo vivido, en el mencionado viaje, de conjugar sensaciones y vivencias, y mostrarlas sin pudor a toda aquella persona que tenga a bien acercarse a su lectura y a contemplar algunas de las instantáneas que recogimos durante esos nueve maravillosos días.
Publicar un comentario