sábado, 31 de diciembre de 2016

Visita a la casa de un hombre bueno, en el buen sentido de la palabra

                "Envidia, anhelo, aspiración humana y social, todo eso, y mucho más, siente uno cuando repara en la estupidez actual que nos tiene en un encefalograma plano sin retorno". Esa es la frase que, con cierta celeridad, he dejado hoy en el Libro de Visitas de una Casa-Museo de una importante ciudad Castellana. Es posible que la misma pudiera servir para, en contraposición con el miserable momento actual que nos está tocando vivir, expresar el sentir que, del acercamiento a buena parte de los intelectuales españoles de la primera mitad del siglo XX, se me dispara. Todos ellos fueron víctimas de los envites de la sinrazón y del salvajismo, los hubo que sufrieron el exilio exterior, en todo caso, el exilio moral, el exilio interior, constituyó la mayor de las miserias que nuestra Cultura haya sufrido.

               Antonio Machado transitó nuestra geografía portando sus dotes docentes, pero, sobre todo, manejando como pocos las palabras de nuestro idioma para dar forma a una ingente obra poética y literaria. Baeza y Soria, dan fe de esa aseveración. Otra de las estaciones, que su biografía contempla, se refiere a su paso por la ciudad de Segovia. Más de diez de años de vida en esa ciudad, en la que, entre las apuestas que D. Antonio afrontase, destaca sobremanera como, junto a un importante grupo de intelectuales locales, fundasen la Universidad Popular de Segovia. Hecho que vertebraría la Cultura de su ciudad y, pasados unos años, bajo su amparo, en mayo de 1931 el Gobierno de la Segunda República pone en marcha las Misiones Pedagógicas, impulsadas por Machado y un importante grupo de intelectuales de la época, y que, en cierto modo, impregnadas del espíritu de la Universidad Popular, adquirían un carácter itinerante que posibilitaba una amplia, rica y generosa difusión de la Cultura y el Conocimiento al espectro socialmente más necesitado de la sociedad española de aquellos años.

             La visita la hemos realizado en familia y, sin lugar a dudas, ha constituido una jornada que, con el carácter de último día de 2016, no podía tener una guinda más auténtica y enriquecedora.

Santos López Giménez















 Pd: El título de esta entrada no hace sino expresar el modo en el que el propio Machado se refería a sí mismo en su Retrato
(RETRATO)
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
El Liberal, 1 de febrero de 1908, sin título.
Campos de Castilla, Madrid, Renacimiento, 1912.

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