lunes, 25 de mayo de 2009

Humberto Ríos

Los pasados 27 y 28 de febrero y 1 de marzo, tuvieron lugar en Caravaca las VIII Jornadas de Medio Ambiente Comarca Noroeste, bajo el título Energía, economía y medio ambiente (II) . Desde Caralluma, nos invitan a recordar, mediante la siguiente grabación, dividida en siete partes, la charla, sobre "Innovación, cambio climático y agricultores", que impartiese Humberto Ríos Labrada, Técnico del Instituto de Ciencias Agrarias de Cuba. Espero os guste, es divertida, formativa, pero, sobre todo, apasionante.













domingo, 24 de mayo de 2009

La derechización de los intelectuales españoles

Os dejo un artículo cuyo contenido no tiene desperdicio. Refleja los posicionamientos actuales ideológicos, en ese sector social, los intelectuales, cuyas opiniones, queramos o no, van dejando un poso que, finalmente, es el que condiciona las posiciones de un importante número de ciudadanos. A poco que echemos mano del retrovisor, y hagamos una somera comparación de principios, objetivos y estrategias, es fácil adivinar, percibir, el tufo derechoide, hoy día, entre la militancia de base de los partidos de izquierda en nuestro país. Pero, como suelo decir, cuando reproduzco estos interesantes documentos, lo mejor es que leáis su contenido.

Santos López Giménez


Las ideas liberal-conservadoras son hoy hegemónicas en la esfera pública en nuestro país. En muchos casos son defendidas con ardor por gente que fue progresista en su juventud, y a veces, hasta marxista-leninista

IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA 24/05/2009. El País.
Aunque viene de atrás y el proceso ha sido gradual, en los últimos años se ha acelerado, y desde luego se ha hecho más visible, un muy notable desplazamiento de buena parte de los intelectuales españoles hacia posiciones conservadoras y derechistas. Los intelectuales -entendiendo por tales, en un sentido muy amplio, a aquellas personas con un protagonismo destacado en la esfera pública: profesores universitarios, periodistas, escritores, etcétera- se han derechizado, muchas veces a cuenta de la negación de la diferencia misma entre la izquierda y la derecha, que consideran superada, mistificadora o simplemente sectaria.

Siempre ha habido muchos intelectuales de derechas y, como es lógico, continúa habiéndolos. Ocurre así en todas partes. Lo que no resulta tan habitual es que en el lado opuesto del espectro ideológico haya habido una especie de desbandada generalizada. Muchos de quienes escribían antes desde posiciones a veces furiosamente radicales o revolucionarias, hoy defienden no valores liberales, como quizá cabría esperar, sino ideas que sólo cabe calificar de reaccionarias.
Este cambio se hace especialmente chocante en los casos más extremos, en aquellos que defendían la dictadura del proletariado, el marxismo más estricto, el derecho a la autodeterminación de los pueblos, o incluso a la propia ETA. Muchos de ellos andan hoy en las antípodas de todo aquello. Sus preocupaciones ahora son muy distintas, como la defensa de la unidad de España, la guerra a los nacionalismos periféricos, el desprecio a la socialdemocracia, el combate frente a esas espectrales amenazas del relativismo y el multiculturalismo, el lamento por la pérdida del modelo antiguo de la educación, basado en la jerarquía y la disciplina, o la defensa, en nombre del realismo y la madurez, de cuantas intervenciones armadas tengan a bien emprender Estados Unidos e Israel.
Hay, por supuesto, casos mucho menos llamativos, pero seguramente más abundantes, de intelectuales que fueron de izquierdas, socialistas por ejemplo, que se identificaron en su momento con el proyecto de Felipe González, y que han pasado a abrazar una confusa mezcla de liberalismo y nacionalismo español que cristaliza en el desprecio a la figura de José Luis Rodríguez Zapatero. Muchos de ellos han dedicado grandes esfuerzos a hacer escarnio de esa pobre figura imaginaria, casi mítica, del progre profundamente antiamericano, que apoyaba a Fidel Castro, que tenía sus ambigüedades ante el terrorismo, que veía casposa la idea misma de España, que rechazaba los métodos memorísticos en la escuela, que hacía apología de un pacifismo ingenuo, que pensaba que la policía era un cuerpo represivo... En fin, un discurso perteneciente en todo caso al género autobiográfico y hecho en realidad con el claro afán de justificar ante sí mismos y ante la sociedad cambios ideológicos pendulares, que van de un extremo a otro. ¿Cuántos artículos de opinión en esa línea no hemos leído en las páginas de este periódico en los últimos, digamos, 15 años?
Quizá sea la cuestión eterna sobre el ser de España la que mejor ha permitido visualizar el cambio al que me refiero. Si en otros tiempos los intelectuales de izquierda creyeron tener una suerte de afinidad natural con los movimientos nacionalistas vascos y catalanes que reclamaban un Estado propio, hoy han abjurado completamente de aquellas ideas y las han sustituido por otras no menos dogmáticas y esquemáticas que las anteriores, según las cuales estos nacionalismos son un vestigio de la "tribu", una doctrina irracionalista de principio a fin que no cabe en nuestro orden liberal. El término "tribu" es hoy un comodín tan gastado como en su día lo fue el "sistema" o los "poderes fácticos".
Como una derivación natural de la cuestión nacionalista, la lucha contra el terrorismo de ETA ha tenido efectos similares. En estos últimos años han surgido, como si fueran setas, intelectuales que se mostraban muy indignados con los etarras, justo cuando ETA menos mataba. Estos antietarras sobrevenidos, que no se ocuparon de este drama en los tiempos realmente duros, y que escriben bien alejados del País Vasco, se han aprovechado descaradamente del prestigio moral que otorga la resistencia frente a ETA para hacer su peculiar ajuste de cuentas con las ideas que defendieron antaño.
Como todo fenómeno complejo, la derechización creciente de los intelectuales que fueron de izquierdas tiene múltiples causas. En primer lugar, cabe destacar el espíritu de los tiempos. El auge del neoconservadurismo por un lado, así como el colapso del marxismo que, por muy distintas que fueran las formas que adoptara, servía al fin y al cabo de lengua común de la izquierda, sumado todo ello a la confusión sobre el papel que puede desempeñar la socialdemocracia en el capitalismo actual, ha creado un clima propicio para el abandono de las antiguas convicciones ideológicas. No son pocos los que se han dejado arrastrar cómodamente por esta corriente. Aunque se suponga generosamente que los intelectuales somos gente que piensa por sí misma y revisa críticamente sus ideas, en realidad nos dejamos influir por las modas y las tendencias tanto o más que el común de los mortales.
El espíritu de los tiempos tiene además una especificidad propia en España. La historia política de nuestro país ha sido extremadamente convulsa. Sólo así se explica que muchos intelectuales abrazaran el izquierdismo para oponerse a Franco. Desaparecido éste, fueron evolucionando en la democracia hacia posiciones liberales que son las que habrían tenido de forma casi natural, por su origen social y formación, si España no hubiera pasado por una dictadura tan prolongada. A esto hay que sumar el estigma que ha arrastrado en nuestro país la derecha democrática debido a sus conexiones con el régimen anterior. Algunos intelectuales se atrevieron a hacer explícitas sus nuevas posiciones sólo cuando, tras la llegada del PP al poder en 1996, ese estigma comenzó a diluirse.
Hay también una cuestión generacional que no cabe soslayar. Los intelectuales que han tenido una fuerte presencia en la esfera pública desde los tiempos de la transición, cuando eran todavía muy jóvenes, tuvieron sus años de gloria bajo los primeros Gobiernos de Felipe González. Lo llamativo es que no se resignen a perder el oligopolio de las letras 30 años después. En un país normal, con un sistema político consolidado que lleve largo tiempo funcionando, la renovación de personas e ideas se produce con total naturalidad. Aquí no. Es anómalo que las personas que nacieron, aproximadamente, entre 1935 y 1950, comenzaran tan pronto y acaben tan tarde.
Su incomprensión y su desconcierto ante la generación socialdemócrata en el poder salen a relucir casi a diario. Que se trata de una cuestión generacional queda meridianamente claro por el tono de riña y suficiencia que se emplea para realizar lo que debería ser la crítica razonable al Gobierno y a su presidente. Esa falta de entendimiento generacional explica también, según me parece, la deriva liberal-derechista de tantos intelectuales que, sin embargo, se identificaron, con mayor o menor entusiasmo, con los Gobiernos socialdemócratas de Felipe González.
Este abandono de la izquierda ha provocado una creciente hegemonía de las ideas liberales-conservadoras, que son hoy las dominantes en periódicos, revistas de debate y ensayo, libros y otros elementos que componen la esfera pública. Los centros de agitación intelectual están hoy en la derecha. En la izquierda no extrema no hay nada parecido a un debate desde hace mucho tiempo, como atestigua la facilidad con la que se propalan en España tópicos exagerados y sin fundamento sobre el catastrófico estado de la educación, el desastre del sistema autonómico, o la cuestión de los derechos lingüísticos.
Lo más curioso del caso es que quienes han abandonado los principios progresistas exigen a los demás que recorran el mismo trayecto, de forma que si alguien se resiste se le tacha de inmediato de sectario, dogmático o vendido. El ardid es muy burdo como para pasar desapercibido y, en el fondo, resulta revelador de la incomodidad que muchos sienten cuando se les recuerda su "evolución", por llamarlo de alguna manera.
¡Qué extraños son estos nuevos liberales que se siguen creyendo progresistas!

Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.

sábado, 16 de mayo de 2009

Si un traidor puede más que unos cuantos...

Viendo esta noche "Invierno en Bagdad" (la 2 de TVE, Versión Española), no he podido impedir que mi mente se focalizase en tu persona. Es verdad que se te ve, no podía ser de otro modo. Se te ve junto a otro siniestro personaje; personaje, no más tonto, ni más malo que tú: diferente. Sin duda, más peligroso que tú. Lo cual, estoy convencido, debe no gustarte demasiado. En realidad, de un tiempo a esta parte, vuestro peligro se ha visto mermado, no obstante, seguís siendo dos de los más peligrosos personajes que haya conocido la Humanidad. No se me olvida el tercero en discordia, también se le ve, por él siento compasión, como la siento por ti y por tu ídolo, el de la cutre escena de los pies sobre la mesa; igual que la siento por tantos y tantos personajes anónimos que se regodean en el dolor ajeno.
No te preocupes, no te invitaré a que veas la película, no lo necesitas, era muy sencillo adivinar cuales fueron, y siguen siendo, lo que vuestra desvergüenza da en llamar "daños colaterales".
Al parecer, se te viene escuchando en los últimos tiempos dando lecciones de economía; se apunta que participarás en la próxima campaña electoral. Tu peligro, como el de otros muchos insensatos, no deviene de tu persona, tu peligro es directamente proporcional a la confianza que supuestas personas de bien depositan en ti.
No es la primera vez que te saco a colación, ni creo que haya de ser la última. Desde luego, ganas, ninguna. Lo de esta noche es producto de la rabia y tristeza que me ha ocasionado la constatación de unos hechos que, como antes te decía, eran fácilmente adivinables: sangre, dolor, llanto, destrucción. Has contribuido, de un modo determinante, en cercenar la infancia de miles y miles de niños y niñas. Reitero, te compadezco.
"Maldigo a las guerras y a aquellos que las promueven", ¿recuerdas estas palabras?, las pronunció Julio Anguita el día que su hijo murió: las hago mías.
Voy terminando. Promulgaste una ley (de la que fue cómplice la mayoría parlamentaria de aquel momento, incluida la oposición representada por el PSOE), según la cual, se prohibirían aquellos grupos políticos que diesen apoyo ideológico a la violencia: sólo la hipocresía de un sistema político, que se hace llamar democrático, hace inviable la prohibición de tu partido. Tengo la confianza de que, desde tu partido, el Partido Popular, más pronto que tarde, den fehacientes muestras de arrepentimiento. Pero, como estoy convencido de que tú jamás te arrepentirás de tu actitud, cuando eras presidente del gobierno de un supuesto país civilizado, España, espero y deseo que se te acabe juzgando, y condenando, por crímenes contra la Humanidad.
Santos López Giménez